Tuesday, July 18, 2006

Una historia de la Juliana

Hace ya mucho que Linda me pide que incluya en el blog la historia que escribí hace tiempo sobre nuestra abuela Juliana. La publicaron en esos libros corales a los que la editorial Egido (¿existe todavía?) se aficionó tanto en sus inicios.

Ahí va.

EL RABINO: JUEGO DE CARTAS
-Menos diez.
-¡Vaya! Ya cerró otra vez la Juliana.
Eran las ocho y media de la tarde y el saldo de las partidas era el que sigue: Juliana, 4 menos 10; Julia, 2; Loles, un menos 25 que le había reportado sus buenas ocho perricas y Paca, cero pelotero. Indiscutiblemente, la Juliana llevaba las de ganar.
El cuadro que se observaba en la sala era el de todos los días. En una habitación no mayor de quince metros cuadrados se apiñaban los tahúres de la tercera edad distribuidos en dos mesas circulares y con los jugadores sabiamente separados. En la mesa referida se encontraban Juliana, Julia, Loles y Paca, expertas aunque no por igual en el Rabino. En la otra se podía ver a la segunda división del.carteo: Basilia, Cefe (por Ceferina), Claudia y Antonia, cuyo marido, Antonio, dete­riorado por la vida, aunque más joven que casi todas las que allí estaban, dormitaba en un viejo y pequeño sofá de dos plazas.
La sala era rectangular y sin ningún tipo de aireación salvo la puerta que daba al pasillo de las dependencias parroquiales y por la que aparecía de vez en cuando el padre Jesús, abuelete sim­pático y picaron, para soltarles alguna verdulería.
El ambiente era cargado pero agradecido en invierno y, en verano, al huir todas en busca de la frescura a sus pueblos de origen, el calor se quedaba solo y abandonado reservándose para la siguiente temporada de invierno.
-Bueno, yo me las piro -y la Juliana se levantó decidida y enfiló hacia la puerta de salida - Hoy vienen los chicos a cenar, que mi nieto está en el inglés. Hasta mañana.-
Antes de que ninguna la pudiera retener y dejando detrás el alboroto del recoger y el hasta mañana, salió con paso firme y ese bamboleo que la hace única.
Sola, iba pensando y repasando el día, uno más de los muchos ya pasados. Los gastos ha­bían sido pocos, lo que le hacía muy feliz: unos gallicos que se había comprado para cenar, una cajica de sopas de sobre, que le duraría al menos quince días, y algo de verdura para el día siguien­te. En su soledad había aprendido, quizás sin darse cuenta, que la mejor manera de mantenerse en forma era repasar todo, lo comprado, lo vivido, lo hecho en el día. Pensaba y pensaba, con pen­samientos nada complejos debido a que de pequeña tuvo que dejar la escuela para cuidar de sus hermanos, pero con procesos que demostraban a la larga que si hubiera vivido en otra época (la nuestra, quizás), esta ahora abuela, hubiera dado que hablar.
Sacó las llaves de su pequeño bolso negro que llevaba colgado del antebrazo al estilo Sofía, de “Las chicas de oro”, abrió la puerta y se dirigió al ascensor pensando en el tomate frito y la con­serva de lomo y longaniza que les daría a los chicos.
-Mañana 'i de comprar más, -pensó- que ya queda poca.